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1. El mercado De Granos Suma Un Nuevo Protagonista: La Industria Energética


El crecimiento de la demanda de biocombustibles en Estados Unidos y Brasil está modificando la dinámica del comercio internacional de granos y aceites vegetales. 

El aumento del precio del petróleo potencia esta tendencia y genera diferencias entre las cotizaciones de los principales mercados, como ocurre con el aceite de soja argentino y el de Chicago.

El mercado mundial de granos atraviesa una transformación estructural impulsada por el crecimiento de la industria de los biocombustibles. Lo que durante décadas estuvo determinado principalmente por la demanda alimentaria, la producción agrícola y las condiciones climáticas, ahora incorpora un factor cada vez más relevante: la utilización de materias primas agrícolas para producir energía.

Esta tendencia quedó en evidencia durante 2026, cuando el incremento del precio internacional del petróleo, en medio de los conflictos armados en Medio Oriente y entre Rusia y Ucrania, impulsó las cotizaciones de distintos productos agrícolas. Sin embargo, el impacto no fue uniforme y dejó al descubierto diferencias significativas entre los mercados de referencia y los precios de exportación de algunos países productores.

En junio, el aceite de soja en Chicago alcanzó los 1.747 dólares por tonelada, con una suba del 60% respecto de enero y cerca del máximo histórico nominal registrado en abril de 2022. Aunque posteriormente dejó atrás aquel pico, el producto continuó cotizando en niveles elevados, con un incremento del 40% en lo que va del año, según los datos del análisis de mercado.

El cierre del Estrecho de Ormuz, como consecuencia de la escalada del conflicto en Medio Oriente a fines de febrero, provocó un fuerte aumento del precio del petróleo y repercutió en los mercados internacionales. A su vez, la intensificación de la guerra entre Rusia y Ucrania agravó las dificultades del comercio global y afectó infraestructuras vinculadas con la producción, la refinación, los puertos y el almacenamiento.

En este contexto, el encarecimiento de la energía comenzó a trasladarse a los mercados agrícolas no solo a través de los mayores costos de producción, sino también mediante una demanda más intensa de materias primas destinadas a elaborar combustibles alternativos.

La brecha entre Chicago y el aceite argentino

Uno de los ejemplos más claros de esta transformación se observa en el mercado del aceite de soja. Mientras las cotizaciones de Chicago experimentaron un fuerte incremento, el precio de exportación argentino acompañó la tendencia alcista, aunque con una intensidad considerablemente menor.

La diferencia entre ambas referencias llegó a alcanzar el 33%, mientras que, desde fines de febrero, el aceite de soja argentino operó con una cotización promedio un 24% inferior a la de Chicago, de acuerdo con las cifras presentadas en el análisis.

Esta divergencia responde, principalmente, a los cambios en la estructura de la demanda. En Estados Unidos, una proporción creciente del aceite de soja se destina a la elaboración de biocombustibles, lo que genera una competencia directa entre su utilización industrial y otros destinos comerciales.

En Argentina, en cambio, la demanda de aceite de soja continúa orientada fundamentalmente al consumo alimentario y a la exportación. Por ese motivo, las cotizaciones locales no reaccionan necesariamente con la misma intensidad ante los cambios que se producen en el mercado energético estadounidense.

La diferencia refleja un cambio de fondo: los productos agrícolas ya no responden exclusivamente a la oferta y la demanda de alimentos, sino también a las necesidades de una industria energética que gana participación en los principales países productores.

Una demanda que crece en todo el mundo

La expansión de los biocombustibles comenzó a acelerarse a partir de la década de 2000, cuando numerosos gobiernos implementaron políticas para reducir las emisiones de carbono, diversificar sus matrices energéticas y promover la producción industrial local.

Entre las principales herramientas adoptadas se encuentran los mandatos de mezcla obligatoria de biocombustibles con combustibles fósiles. Estas regulaciones establecen porcentajes mínimos de bioetanol en las naftas y de biodiésel en el gasoil, generando una demanda sostenida de materias primas agrícolas.

En el caso del maíz, el crecimiento fue significativo. Según las cifras citadas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en el año 2000 se utilizaron 22 millones de toneladas del cereal para producir bioetanol en el mundo. Una década después, el volumen había ascendido a 144 millones de toneladas, mientras que para 2026 se proyectaba una utilización de 205 millones de toneladas.

La tendencia también se observa en el biodiésel. De acuerdo con las estimaciones de Oil World mencionadas en el informe, la producción mundial requeriría en 2026 el equivalente a 89 millones de toneladas de soja, frente a menos de 40 millones de toneladas destinadas a este fin en 2011. Ese volumen representaría alrededor del 24% del consumo global de soja.

En este cálculo se considera la cantidad de poroto necesaria para obtener el aceite utilizado en la elaboración de biodiésel. El proceso industrial también genera harina de soja, un producto fundamental para la alimentación animal.

La expansión del sector se refleja, además, en las políticas públicas. Según datos atribuidos a Torroba (2025), para 2024 había 56 países con requerimientos de mezcla de bioetanol con naftas y 45 con exigencias de mezcla de biodiésel con gasoil.

No obstante, la producción y el consumo siguen concentrados en un grupo reducido de países, entre los que sobresalen Estados Unidos y Brasil.

Estados Unidos y Brasil, protagonistas de la transformación

Estados Unidos y Brasil ocupan un lugar central en el mercado mundial de los biocombustibles y, al mismo tiempo, son actores fundamentales en el comercio internacional de soja y maíz.

En el caso del bioetanol, ambos países explican conjuntamente el 79% de la producción mundial y el 73% del consumo global, según las cifras citadas en el análisis. Su protagonismo también es relevante en el biodiésel, particularmente cuando se considera el uso de aceite de soja como materia prima.

En Estados Unidos, el empleo de maíz para producir bioetanol supera los 100 millones de toneladas anuales desde 2010. En las últimas tres campañas, el volumen utilizado se ubicó cerca de los 150 millones de toneladas por año, equivalente a más de dos quintas partes del consumo interno del cereal.

Brasil, por su parte, experimentó una expansión más reciente, pero acelerada, de la producción de etanol a partir del maíz. Para 2026, las estimaciones de la OCDE indicaban una utilización de 21 millones de toneladas, unas 2,8 veces más que cinco años atrás. Ese volumen representaría aproximadamente el 22% del consumo interno brasileño de maíz.

El avance de esta industria modifica la disponibilidad de granos para otros destinos y aumenta la competencia entre el mercado interno y las exportaciones.

La misma dinámica se registra en el aceite de soja. Según las proyecciones del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) para la campaña 2025/26, tanto Estados Unidos como Brasil destinarían cerca de siete millones de toneladas de aceite de soja a usos industriales. Esas cantidades equivalen a cuatro veces el volumen utilizado quince años atrás en Brasil y seis veces el registrado en Estados Unidos.

Actualmente, más de la mitad del aceite de soja utilizado en Estados Unidos tiene destino industrial, mientras que en Brasil esa proporción alcanza el 64%.

El petróleo también mueve el precio de los granos

La creciente participación de los biocombustibles introduce una nueva relación entre los mercados energéticos y agrícolas.

Tradicionalmente, el aumento del precio del petróleo impactaba sobre los costos de producción del campo, especialmente por su incidencia en los combustibles, los fertilizantes y el transporte. Sin embargo, ahora también influye sobre la demanda de granos y aceites vegetales utilizados para elaborar combustibles alternativos.

Cuando el petróleo se encarece, los biocombustibles pueden ganar competitividad frente a los combustibles fósiles. En los países con industrias desarrolladas y mandatos obligatorios de mezcla, esa situación impulsa la demanda de materias primas agrícolas y puede presionar al alza sus precios.

Brasil ofrece un ejemplo de esta dinámica en el mercado del maíz. El crecimiento de la producción de etanol genera una mayor demanda interna del cereal y puede elevar su precio local, reduciendo la competitividad de las exportaciones brasileñas frente a las de otros orígenes.

Durante 2026, Brasil llevaba exportadas 14,5 millones de toneladas de maíz, un volumen 13% inferior al promedio de los últimos seis años, pese a que la oferta total de la campaña era un 25% superior, según las cifras presentadas en el informe.

El comportamiento muestra cómo una mayor producción agrícola no garantiza automáticamente un incremento de las exportaciones. Una parte creciente de la cosecha puede ser absorbida por la industria local, especialmente cuando los precios de la energía favorecen la producción de biocombustibles.

Por qué el aceite de soja estadounidense se encareció más

La diferencia entre las cotizaciones del aceite de soja en Chicago y en Argentina también se explica por las políticas energéticas de Estados Unidos.

Según el análisis, la Agencia de Protección Ambiental estadounidense (EPA, por sus siglas en inglés) incrementó en 2026 los mandatos obligatorios vinculados con los biocombustibles en un 77% respecto de 2025, lo que implicaría procesar el equivalente a 3,7 millones de toneladas adicionales de soja.

Esta demanda contribuye a absorber la producción local de aceite y limita los volúmenes disponibles para otros destinos. En consecuencia, cuando aumenta el precio del petróleo, la necesidad de abastecer la industria de biocombustibles puede amplificar las subas del aceite de soja en el mercado estadounidense.

Argentina presenta una estructura diferente. Su industria exportadora tiene una fuerte orientación hacia el mercado externo, mientras que el consumo interno de aceite para la elaboración de biocombustibles no ejerce la misma presión sobre la demanda que en Estados Unidos.

Por lo tanto, aunque las cotizaciones argentinas reciben la influencia de los precios internacionales, la magnitud de sus movimientos puede diferir debido a las características de su mercado y a los destinos de su producción.

Un mercado internacional cada vez más segmentado

La expansión de los biocombustibles está modificando la competencia entre los principales países exportadores de granos. Estados Unidos y Brasil no solo producen y comercializan grandes volúmenes de soja y maíz, sino que también cuentan con industrias energéticas capaces de absorber una parte creciente de sus cosechas.

En ambos países, la demanda destinada a la producción de combustibles compite con las exportaciones y con otros usos industriales o alimentarios. Esta situación puede generar diferencias de precios respecto de países donde la utilización energética de las materias primas agrícolas tiene una incidencia menor.

Sin embargo, esta segmentación no significa que los mercados puedan separarse por completo. El comercio internacional continúa vinculando las cotizaciones de los distintos orígenes y, ante diferencias significativas, los precios tienden a ajustarse para mantener relaciones de competitividad.

El nuevo escenario también plantea desafíos para los países exportadores. La evolución del petróleo, las decisiones regulatorias y los cambios en los mandatos de mezcla pueden modificar rápidamente la demanda de materias primas y, en consecuencia, los precios agrícolas.

Un cambio estructural para el negocio agropecuario

La consolidación de los biocombustibles como un destino relevante para la producción agrícola representa un cambio de largo plazo para los mercados de soja y maíz.

El impacto del precio de la energía opera ahora por dos vías. Por un lado, a través de los costos de producción, como sucedía tradicionalmente. Por otro, mediante el aumento o la disminución de la demanda de granos y aceites utilizados para fabricar combustibles alternativos.

Esta segunda vía adquiere especial importancia en los países donde la industria de los biocombustibles está más desarrollada y cuenta con regulaciones que garantizan niveles mínimos de consumo.

En definitiva, la relación entre energía y agricultura se vuelve cada vez más estrecha. Para los productores, las empresas agroindustriales y los exportadores, comprender esta dinámica será fundamental para interpretar los movimientos de los mercados internacionales y evaluar las oportunidades comerciales.

El crecimiento de los biocombustibles no elimina la influencia de los factores tradicionales, como el clima, las cosechas y la demanda alimentaria, pero incorpora una variable capaz de alterar los flujos comerciales y las relaciones de precios entre los principales orígenes. En ese contexto, el petróleo deja de ser solamente un componente de los costos del agro para convertirse también en un factor determinante de la demanda mundial de granos.

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