
Con protocolos cumplidos al detalle y bajo la lupa sanitaria, un lote de genética bovina pampeana cruzó la frontera con destino a Uruguay.
No fue un trámite más: detrás de esos siete reproductores (un toro y seis hembras) hubo 30 días de cuarentena estricta, controles exhaustivos y una batería de análisis que terminó sin objeciones.
En la zona rural de Eduardo Castex, técnicos del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) siguieron el proceso de punta a punta. Durante el encierro sanitario se tomaron muestras para descartar enfermedades clave como brucelosis, diarrea viral bovina, campilobacteriosis, tricomoniasis y lengua azul, además de las pruebas de tuberculosis. Todo negativo. Sin margen para dudas.
El protocolo no se negocia: antiparasitarios aplicados, vacunación en regla —con la antelación exigida— contra carbunclo y fiebre aftosa, y un dato que pesa tanto como cualquier análisis de laboratorio: el predio debía estar “limpio” de antecedentes sanitarios por al menos 90 días. Condición cumplida.
Con los resultados en la mano, el SENASA emitió el certificado sanitario que acompañó el embarque. Papel clave: sin ese aval, no hay exportación posible.
Más allá del número —apenas siete animales— el movimiento deja un mensaje claro. La genética bovina argentina sigue encontrando puertas afuera, pero a cambio exige precisión quirúrgica en cada paso. No hay atajos: el negocio se sostiene con papeles impecables, sanidad comprobada y un sistema que, cuando funciona así, juega en primera.