
Reflexiones sobre el uso de vacunas en fase rugosa (RB51 y δpgm), por M.V. Guillermo Meglia
La brucelosis bovina continúa siendo una de las enfermedades infecciosas de mayor impacto sanitario, productivo y económico en la ganadería argentina. A pesar de décadas de programas de control y erradicación, su persistencia en determinadas regiones del país pone de manifiesto que no se trata únicamente de un problema técnico, sino también operativo, diagnóstico y de gestión sanitaria.
En este contexto, la reciente incorporación de vacunas en fase rugosa —particularmente RB51 y la cepa mutante δpgm— al Programa Nacional de Control y Erradicación de la Brucelosis Bovina ha despertado expectativas, pero también profundas preocupaciones entre profesionales del área.
En mi calidad de Médico Veterinario y Profesor de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UNLPam, considero necesario compartir observaciones surgidas de la experiencia directa a campo y del análisis crítico de la bibliografía científica disponible. Durante los últimos meses, he sido convocado como asesor externo en diversos establecimientos lecheros del área de influencia de nuestra institución, principalmente en la región de General Pico, La Pampa, donde se presentaron problemáticas serodiagnósticas complejas y de difícil interpretación, claramente asociadas al uso de estas vacunas.
Motivaciones y expectativas detrás de su utilización
Las razones que impulsaron la adopción de vacunas en fase rugosa fueron variadas. En algunos establecimientos, la baja prevalencia aparente de la enfermedad, sumada a la disponibilidad de estas vacunas en un contexto de fuerte promoción comercial, generó la expectativa de que su aplicación permitiría “limpiar” rápidamente los rodeos. En otros casos, se buscó reforzar la inmunidad del rodeo adulto frente a la brucelosis, bajo la premisa teórica de que estas cepas no inducirían anticuerpos detectables por las pruebas serológicas convencionales.
Desde el punto de vista conceptual, estas vacunas fueron desarrolladas precisamente para evitar la interferencia diagnóstica asociada a las vacunas lisas, como S19, al carecer de la cadena O del lipopolisacárido (LPS). Sin embargo, la experiencia práctica dista considerablemente de este planteo teórico.
Lo observado en el campo: incertidumbre diagnóstica
Tras la vacunación y la realización de muestreos serológicos sucesivos —en muchos casos motivados por alertas emitidas por usinas lácteas o por requerimientos comerciales— se observó una marcada variabilidad en los títulos de inmunoglobulinas detectados. Los resultados obtenidos mediante las pruebas serológicas habituales (BPA, SAT, 2-ME, ELISA) resultaron imposibles de interpretar con certeza.
Esta ambigüedad diagnóstica dificultó enormemente la toma de decisiones sanitarias: no fue posible discriminar con claridad si los anticuerpos detectados correspondían a una infección natural activa, a una respuesta inducida por la vacunación, o a una respuesta anamnésica desencadenada en animales previamente vacunados con S19. El resultado fue un escenario de confusión, incertidumbre y, en algunos casos, la adopción de decisiones potencialmente erróneas, como la eliminación de animales que podrían no estar infectados.
Evidencia científica y limitaciones conocidas
La literatura científica internacional es clara y consistente respecto a las limitaciones del uso de cepas rugosas. Estas vacunas no deberían emplearse en áreas endémicas ni en animales previamente vacunados con cepas lisas, particularmente S19. El fundamento inmunológico es bien conocido: en animales con memoria inmunológica previa, la aplicación de estas vacunas puede desencadenar una respuesta anamnésica que induce anticuerpos anti-cadena O, interfiriendo directamente con las pruebas diagnósticas basadas en LPS liso.
Este fenómeno no solo compromete la precisión diagnóstica, sino que también incrementa el riesgo de falsos positivos, con el consecuente impacto económico y sanitario que implica la eliminación innecesaria de animales productivos.
El ejemplo internacional y la necesidad de contextualizar
Con frecuencia se cita el uso de la vacuna RB51 en Estados Unidos como argumento a favor de su implementación. Sin embargo, esta comparación resulta incompleta si no se la contextualiza adecuadamente. Estados Unidos es considerado un país libre de brucelosis bovina, con la excepción puntual del área de Yellowstone, donde la dinámica epidemiológica es particular y está asociada a reservorios silvestres.
En ese país, las recomendaciones actuales restringen el uso de RB51 exclusivamente a vaquillonas de entre 4 y 12 meses de edad. La aplicación en animales adultos solo está permitida cuando se puede demostrar fehacientemente la ausencia de vacunación previa, condición que, en la práctica, rara vez puede garantizarse en los sistemas productivos argentinos, donde la vacunación con S19 fue históricamente masiva.
Implicancias sanitarias y operativas
La incorporación de estas vacunas, tal como se está llevando a cabo, está generando un escenario de alta complejidad diagnóstica y operativa. Esta situación se ve agravada por varios factores concurrentes: la falta de información clara y homogénea entre los profesionales actuantes, la presión comercial, y la expectativa —comprensible pero peligrosa— de encontrar soluciones rápidas a un problema sanitario complejo y multifactorial.
La brucelosis no se erradica únicamente con una herramienta inmunológica. Requiere un enfoque integral, sostenido en el tiempo, que incluya diagnóstico confiable, manejo sanitario adecuado, control de movimientos, bioseguridad, trazabilidad y una estrecha articulación entre productores, veterinarios, laboratorios y autoridades sanitarias.
Un llamado a la reflexión y a la revisión de estrategias
Desde mi humilde posición y experiencia, considero imprescindible realizar un llamado a las autoridades sanitarias para que revisen cuidadosamente la situación actual. Resulta necesario evaluar críticamente los procedimientos implementados, verificar el cumplimiento estricto de las recomendaciones técnicas y adoptar las medidas correctivas que garanticen la precisión diagnóstica y la eficacia real de las acciones sanitarias.
Las decisiones en sanidad animal deben basarse en información científica sólida, en la correcta contextualización de la realidad epidemiológica nacional y en la adopción de estrategias integrales y sostenibles. Las soluciones apresuradas, lejos de resolver el problema, pueden terminar agravándolo y erosionando la confianza de los productores y de los propios profesionales en los programas oficiales.
En definitiva, el desafío no es solo elegir una vacuna, sino construir una estrategia sanitaria coherente, responsable y adaptada a nuestra realidad, que permita avanzar de manera firme y segura hacia el control y la erradicación definitiva de la brucelosis bovina.