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Situación Compleja Para La cadena Porcina Argentina



La situación que atraviesa la cadena porcina argentina puede leerse como el resultado de una combinación compleja de factores estructurales, macroeconómicos y regulatorios que, lejos de resolverse, se han profundizado en los últimos años.

 El escenario actual no solo compromete la rentabilidad coyuntural de los productores y de la industria, sino que también pone en cuestión la sustentabilidad del modelo productivo a mediano y largo plazo.

Un descalce persistente entre precios y costos

Uno de los elementos más críticos es el fuerte desfasaje entre la evolución de los costos y el precio del cerdo en pie. Tal como señala la Federación Porcina Argentina, el incremento interanual del precio del animal fue muy inferior a la inflación general y, sobre todo, a la suba de los principales insumos productivos. El maíz y la soja, que representan el núcleo del costo de alimentación, aumentaron muy por encima del precio de venta, mientras que el dólar —referencia clave para insumos, genética, sanidad y equipamiento— también registró una suba significativa.

Este fenómeno erosiona los márgenes y obliga a los productores a operar en un esquema de eficiencia extrema, donde cualquier desviación productiva o sanitaria puede convertir rápidamente un negocio ajustado en uno deficitario. De allí surge el “cambio de paradigma” que menciona Seijas: producir más volumen, con mejores índices técnicos, para diluir costos fijos y sobrevivir en un contexto adverso.

Importaciones y presión competitiva externa

A esta dinámica interna se suma el crecimiento sostenido de las importaciones de carne porcina, principalmente desde Brasil. El producto importado se ha transformado en un techo de precios para el mercado interno, desplazando el límite que antes imponía la capacidad de pago de la industria local. La percepción de competencia desigual no es menor: Brasil cuenta con una cadena plenamente integrada, escala productiva, acceso fluido a mercados internacionales y, fundamentalmente, la posibilidad de valorizar el animal completo a través de la exportación de subproductos.

En Argentina, en cambio, la baja demanda local de patitas, cabezas y menudencias reduce drásticamente el valor total del animal. Esto genera una desventaja estructural frente a países que logran monetizar cada parte del cerdo, mejorando su competitividad tanto en el mercado interno como en el externo.

Exportaciones: una oportunidad bloqueada

En este contexto, la demora en la firma del protocolo sanitario con China aparece como una de las oportunidades más claras y, al mismo tiempo, más frustrantes para el sector. La posibilidad de exportar subproductos porcinos permitiría transformar descartes de bajo valor en ingresos genuinos en dólares, fortaleciendo la ecuación económica de toda la cadena.

Más allá del impacto económico directo, esta apertura contribuiría a una inserción internacional más inteligente, similar a la que ya lograron otros países productores. No se trata solo de exportar más, sino de exportar mejor, asignando cada corte y subproducto al mercado que mejor lo remunere. La falta de definición en este punto implica, en los hechos, resignar competitividad sin una razón técnica que lo justifique.

Distorsiones normativas y señales contradictorias

Otro factor que debilita la posición del sector es la persistencia de marcos normativos desalineados con la realidad productiva. El caso de la ractopamina es paradigmático: aunque no se utiliza en la producción porcina argentina, sigue vigente una resolución que autoriza su uso bajo un esquema de control que nunca se implementó. Esta ambigüedad genera desconfianza en los mercados internacionales y expone al país a riesgos comerciales innecesarios, especialmente frente a destinos que prohíben estrictamente esa sustancia.

La cadena en su conjunto ya expresó una posición clara y consensuada para derogar la normativa, pero la falta de respuesta oficial prolonga una situación que resta previsibilidad y credibilidad.

Inversión contenida y límites financieros

Pese a todo, el sector no ha perdido su visión estratégica. Existen proyectos de inversión en análisis, orientados a aumentar la producción, mejorar la eficiencia y desarrollar mayor valor agregado. Sin embargo, estas iniciativas chocan con obstáculos estructurales: el sobrecosto del IVA a las inversiones, las restricciones al financiamiento y la ausencia de reglas claras a largo plazo.

La producción porcina requiere horizontes estables, ya que se trata de inversiones intensivas en capital y con períodos largos de repago. En un contexto de incertidumbre macroeconómica y regulatoria, muchas decisiones se postergan o avanzan con extrema cautela, limitando el potencial de crecimiento del sector.

Sanidad: avances importantes, pero con desafíos

En el plano sanitario, la aprobación del Plan Nacional de Control y Erradicación de la Enfermedad de Aujeszky representa un avance relevante. El trabajo conjunto entre el SENASA y la Federación Porcina Argentina demuestra que la articulación público-privada es posible y efectiva. No obstante, los plazos de implementación generan inquietud, ya que no siempre se ajustan a las necesidades productivas y operativas de los establecimientos.

La sanidad es un pilar clave para la competitividad, tanto en el mercado interno como en la apertura de nuevos destinos de exportación. Por ello, la correcta implementación y eventual ajuste del plan será determinante para consolidar estos avances.

Un futuro que depende de decisiones

El mensaje final del sector es claro: la producción porcina argentina tiene presente y futuro, pero ese futuro no se construye solo con esfuerzo privado. Se requiere un Estado que acompañe con previsibilidad, normas coherentes, políticas fiscales que no penalicen la inversión y una estrategia clara de inserción internacional.

No se trata de subsidios, sino de remover distorsiones y destrabar decisiones pendientes que hoy limitan el desarrollo de una cadena que podría generar más empleo, más valor agregado y más divisas. En definitiva, el desafío no es técnico ni productivo, sino político y estratégico: definir si la porcicultura será un sector que simplemente resista o uno que despliegue plenamente su potencial.

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