
El agua puede convertirse en una herramienta estratégica para asegurar alimento, sostener la carga animal y planificar la producción ganadera y lechera. Experiencias presentadas en el Congreso Argentino de Forrajes muestran que no siempre es necesario regar grandes superficies: una porción estratégica del campo puede generar un impacto significativo sobre el resultado del sistema.
La primera respuesta podría parecer evidente: regar permite producir más forraje. Sin embargo, cuando la materia seca forma parte de un sistema ganadero o lechero, el análisis económico va mucho más allá de los kilos adicionales obtenidos por hectárea.
El agua aplicada a un cultivo puede terminar transformándose en carne, leche, reservas forrajeras o, incluso, en una mayor capacidad para atravesar períodos de sequía sin comprometer la estructura productiva.
Cuando el forraje no alcanza, el problema deja de ser exclusivamente agronómico y pasa a impactar directamente sobre la economía de la empresa. Una menor producción de pasturas puede obligar a reducir la carga, comprar alimento a precios elevados, modificar anticipadamente las dietas o vender animales en condiciones poco convenientes.
Por eso, al evaluar económicamente una inversión en riego, no alcanza con comparar el costo de aplicar un milímetro de agua con los kilos de materia seca adicionales que genera. La pregunta central es qué función cumple ese alimento dentro del sistema productivo.
El riesgo no termina en el cultivo
En agricultura, una restricción hídrica puede traducirse directamente en una caída del rendimiento. En ganadería, en cambio, la cadena de consecuencias puede ser mucho más extensa.
Una sequía afecta la producción de pasturas y también la posibilidad de generar reservas para los meses siguientes. Si el alimento comienza a faltar, las decisiones posteriores pueden tener consecuencias económicas de mayor magnitud.
La secuencia puede incluir reducción de carga, compra de forraje, cambios en la alimentación y venta anticipada de animales. Cada una de esas decisiones tiene un costo y puede afectar el resultado final del establecimiento.
En este contexto, el riego adquiere una función adicional: además de aumentar la producción, puede contribuir a disminuir la vulnerabilidad del sistema frente a la variabilidad climática.
La presentación realizada en el Congreso Argentino de Forrajes mostró precisamente esta lógica aplicada a sistemas de cría, donde una situación de sequía puede desencadenar una sucesión de problemas que terminan afectando la capacidad productiva y económica de toda la empresa.
No necesariamente hay que regar todo
Uno de los ejemplos presentados permite dimensionar el impacto que puede generar una estrategia de riego localizada.
En un estudio sobre la potencialidad de incorporar riego en el Campo Anexo de Dean Funes de INTA, realizado con la colaboración del ingeniero Torcuato Tessi, se comparó un sistema de cría de 200 hectáreas completamente en secano con otro escenario en el que solamente 20 hectáreas —el 10% de la superficie— incorporaban riego.
En el primer escenario, la carga estimada era de 100 equivalentes vaca. Con la incorporación del riego en esas 20 hectáreas, mientras las restantes 180 continuaban en secano, la capacidad del sistema podía alcanzar 132 equivalentes vaca.
De acuerdo con los rendimientos utilizados en el ejercicio, regar apenas el 10% de la superficie permitiría incrementar aproximadamente un 32% la carga del establecimiento.
El dato resulta relevante porque pone en discusión una idea habitual: que para aprovechar los beneficios del riego necesariamente hay que llevarlo a toda la superficie.
En determinados sistemas, una superficie relativamente pequeña puede funcionar como una herramienta estratégica para asegurar una determinada cantidad de alimento y sostener el funcionamiento del conjunto.
¿Cuánto produce cada milímetro de agua?
Otra manera de analizar el impacto del riego es observar la cantidad de materia seca que generan los cultivos por cada milímetro de agua consumido.
Como referencia, durante la presentación se expusieron los siguientes valores:
- Soja: 6,92 kg de materia seca por milímetro.
- Trigo: 11,52 kg de materia seca por milímetro.
- Maíz: 22,35 kg de materia seca por milímetro.
- Maíz para silo: 45,29 kg de materia seca por milímetro.
Desde una mirada estrictamente agronómica, estos datos permiten comparar la eficiencia productiva del agua.
Pero para un productor ganadero o lechero todavía queda una pregunta fundamental: ¿cuánto ingreso adicional genera cada milímetro de agua aplicado?
La respuesta cambia cuando la materia seca producida se incorpora a una cadena de transformación.
El agua que permite obtener más forraje puede terminar generando carne o leche, y el valor económico del milímetro dependerá entonces no solamente de la respuesta del cultivo, sino también de la capacidad del sistema para transformar esa producción en un producto de mayor valor.
Esto no significa que siempre resulte más rentable transformar un cultivo en carne o leche. Cada alternativa tiene diferentes inversiones, costos, riesgos y estructuras productivas. Lo que sí demuestra es que el valor económico del agua no puede analizarse exclusivamente desde el rendimiento agrícola.
El tambo permite observar el efecto con mayor claridad
En los sistemas lecheros, la relación entre disponibilidad de alimento y producción se vuelve todavía más directa.
La presentación incluyó resultados de sistemas lecheros y del tambo de INTA Manfredi, mostrando cómo el riego puede modificar tanto la cantidad de alimento disponible como la capacidad del establecimiento para planificar su producción.
Uno de los ejemplos más contundentes corresponde al maíz destinado a silo. Bajo riego se obtuvieron rendimientos promedio de alrededor de 41.000 kilos de materia verde por hectárea, frente a 19.000 kilos por hectárea en secano, lo que representa un incremento acumulado del 108%.
Pero el dato más importante no está únicamente en la diferencia de rendimiento.
El riego suplementario permitió cumplir los calendarios planificados y cubrir los componentes de la dieta en una superficie significativamente menor que la requerida bajo condiciones de secano.
De esta manera, el beneficio del riego no se limita a producir más toneladas. También está relacionado con la posibilidad de saber con mayor anticipación qué cantidad de alimento estará disponible y cuándo podrá utilizarse.
El riego como herramienta de gestión del riesgo
Hablar del riego como un “seguro productivo” no significa afirmar que elimina el riesgo.
Un sistema bajo riego continúa dependiendo de la disponibilidad y calidad del agua, la energía, el diseño hidráulico, el manejo agronómico, las características del suelo, el mantenimiento de los equipos y los costos asociados a la inversión y operación.
Lo que cambia es la exposición a una de las principales variables que condicionan la producción: la disponibilidad de agua.
Una parte del riesgo hídrico deja de depender exclusivamente de cuándo y cuánto llueve. Eso abre la posibilidad de planificar con mayor previsibilidad.
En ganadería, puede significar disponer de una reserva estratégica de alimento para sostener determinada carga durante un período crítico.
En un tambo, puede permitir programar con mayor certeza la producción de los distintos componentes de la dieta.
Y en producciones forrajeras destinadas al mercado, puede contribuir a obtener una producción más estable y homogénea, un aspecto especialmente relevante cuando se busca atender demandas de mayor calidad.
La pregunta no es solamente cuánto regar
La principal conclusión que surge de las experiencias presentadas es que no existe una única forma de medir el negocio del riego de forrajes.
Está el incremento de producción, la cantidad de materia seca generada por cada milímetro aplicado y el valor de transformar ese alimento en carne o leche.
Pero también existe un componente menos visible en una planilla de rendimiento: el valor de disponer del alimento en el momento en que el sistema lo necesita.
Por eso, antes de definir cuánto regar, puede resultar más importante determinar qué parte del sistema se busca estabilizar.
En algunos establecimientos, la mejor decisión económica puede no consistir en regar toda la superficie, sino en identificar aquellas hectáreas estratégicas capaces de asegurar una determinada cantidad de forraje, sostener la carga animal y reducir la exposición del conjunto frente a una sequía.
Desde esta perspectiva, el riego de forrajes deja de ser solamente una decisión agronómica.
Cada milímetro de agua no vale únicamente por los kilos de materia seca que genera. También puede valer por las decisiones productivas que permite tomar, por la previsibilidad que aporta y por los riesgos que ayuda a evitar.
Y es justamente allí donde el riego se transforma en una herramienta estratégica del negocio ganadero y lechero: no se trata solamente de producir más, sino de tener alimento cuando hace falta y contar con mayores posibilidades de sostener el sistema cuando el clima pone a prueba su capacidad productiva.