
La carinata, la camelina y la colza dejaron de ser cultivos marginales para convertirse en una alternativa cada vez más elegida dentro del sistema agrícola argentino. Según un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario, su crecimiento responde a una combinación de factores: la necesidad de intensificar los planteos productivos, la búsqueda de mejores resultados ambientales y la expansión de los mercados vinculados a la bioenergía.
En este contexto, estas oleaginosas invernales comienzan a ocupar un espacio históricamente destinado al barbecho. En muchas regiones del país existen amplias superficies inactivas durante el invierno, donde estos cultivos encuentran una oportunidad para sumar actividad biológica, generar cobertura y aportar una renta adicional.
Pero ya no se trata solo de sumar un cultivo más, sino de incorporar especies que funcionen como un puente dentro de la rotación. En algunos casos, incluso, actúan como verdaderos “cultivos de servicio con renta”, ya que reemplazan períodos sin actividad por etapas de fotosíntesis, fijación de carbono y generación de biomasa, con impacto positivo sobre todo el sistema.
Intensificación con beneficios dentro del lote
Desde el punto de vista agronómico, el interés por estas especies también crece por sus efectos sobre el suelo. El desarrollo de raíces profundas y pivotantes favorece la descompactación biológica, mejora la aireación y aumenta la infiltración de agua.
A esto se suma una elevada producción de biomasa, que contribuye al balance de carbono del sistema. Parte de ese material vuelve al suelo, incrementando el carbono orgánico y mejorando la disponibilidad de nutrientes, un aspecto clave en planteos que buscan sostener la productividad sin descuidar el ambiente.
En el caso de la camelina, además, se destaca su efecto alelopático, que puede colaborar en el control de malezas. En escenarios donde las resistencias elevan los costos y complejizan el manejo, esta característica suma valor estratégico.
El impulso de la bioenergía
El crecimiento de estos cultivos también está fuertemente impulsado por la demanda de aceites con certificación ambiental, destinados tanto al biodiésel como a biocombustibles avanzados.
En este escenario, sobresalen dos mercados en expansión: el HVO (aceite vegetal hidrotratado) y el SAF (combustible sostenible de aviación). Este último aparece como una de las principales apuestas globales para reducir emisiones en el transporte aéreo, con una reducción de hasta el 80% en gases de efecto invernadero respecto a los combustibles fósiles.
A nivel global ya existen más de 300 proyectos vinculados al SAF en unos 40 países, con Estados Unidos concentrando cerca del 35% de la capacidad proyectada. En Argentina, el sector comienza a dar sus primeros pasos: en agosto de 2025, YPF y Essential Energy firmaron un acuerdo para crear Santa Fe Bio, una biorrefinería orientada a producir HVO y SAF.
Dónde se producen y cuánto crecieron
La colza muestra mayor concentración en Tucumán, Chaco y Santiago del Estero, además de presencia en Santa Fe y Córdoba. En Buenos Aires conviven colza y camelina, mientras que el sudoeste bonaerense se destaca por esta última. Entre Ríos lidera la superficie nacional de oleaginosas invernales, con más de 31.000 hectáreas implantadas y una producción superior a 48.000 toneladas en la campaña 2025/26.
A nivel país, el crecimiento fue notable: la superficie pasó de unas 30.000 hectáreas hace apenas tres años a alrededor de 170.000 hectáreas en 2025, lo que confirma que el fenómeno dejó de ser experimental para convertirse en tendencia.
En colza, los datos oficiales indican que en la campaña 2024/25 se sembraron 35.147 hectáreas, con una producción de 58.379 toneladas. Los rindes promedian 2 t/ha, aunque con fuertes diferencias regionales.
Para camelina y carinata aún no hay estadísticas oficiales consolidadas, pero estimaciones privadas ubican ambas por encima de las 35.000 hectáreas. En rendimiento, la camelina se sitúa entre 0,6 y 1,2 t/ha, mientras que la carinata ronda 1,4 t/ha.
Los desafíos por delante
Uno de los principales desafíos es lograr que los beneficios agronómicos y ambientales se traduzcan en valor económico concreto para el productor. Para eso será clave avanzar en esquemas de certificación que integren la producción con las cadenas industriales de biocombustibles.
También será necesario fortalecer la logística, la asistencia técnica y la disponibilidad de materiales adaptados. En este sentido, el registro de cultivares muestra una fuerte aceleración: más del 50% de los materiales disponibles se inscribieron en los últimos dos años.
Una oportunidad en construcción
Carinata, camelina y colza empiezan a ocupar un lugar que trasciende su escala actual. En un contexto global marcado por la transición energética, y en un país con superficie disponible en invierno y experiencia en buenas prácticas agrícolas, estas oleaginosas se perfilan como una nueva oportunidad para el agro argentino.